Racimos de Tristeza [Sonetos]

I.
Los versos que te ofrezco de mi mano
no son sino mentiras inventadas.
Fracasos y aventuras olvidadas,
historias y delirios de un anciano.
.
A mí me visitó el amor temprano
lanzándome sus hojas afiladas
pero ella no sintió las cuchilladas
que yo sufrí una tarde de verano.
.
Desde entonces simulo dolorido
y siento el abandono y desengaño
como un coche tirado en la cuneta.

Sin embargo, le estoy agradecido
porque el mismo desdén y mismo daño
en aquella ocasión me hizo poeta.


II.
Hermoso fue el momento y agradable
que compartimos una tarde bella
tan limpia como el cutis de una estrella,
amena como un sueño interminable.

Yo me quedé prendado de tu amable
y luminosa gracia, eras aquella
fantástica y onírica doncella
cautiva en una torre inexpugnable.

Y desplegué mis armas, el asedio,
con la palabra noble y el alarde
del corazón simpático y sincero.

Así te liberé, niña, del tedio,
mas yo quedé por siempre prisionero
de aquella tarde azul, de aquella tarde.


III.
Este amor, escondido y silencioso,
no es un frasco colmado de veneno
ni torrente salvaje, piedra y cieno
o volcán iracundo y peligroso.

Este amor que yo siento, manso, ameno,
es un agua monástica en reposo
y la fruta de un árbol misterioso,
una hogaza de trigo, pan del bueno.

El amor que sostengo no es orgía
de una noche fugaz. No es repentino,
desatada pasión de un joven loco.

Es la luz que te alumbra cada día.
Una santa paciencia, es como un vino
fermentando en el cielo poco a poco.


IV.
Sangrante el corazón y el alma umbría,
reo en la soledad de un calabozo,
yo te encontré en la negritud del pozo
por el capricho del azar un día.

En la penumbra de esa celda fría
me derramé, con lágrimas de gozo,
en un crisol de arcilla y alborozo
fundiéndose tu sangre con la mía.

Y aunque entre duras rejas sigo preso
en la mazmorra oscura de mi pena
como Sísifo, eterno, con la roca,

me siento liberado de su peso;
porque ahora soporto la cadena
prisionero en la cárcel de tu boca.


V.
Para quererte así no considero
que necesite el sol de la presencia.
El brillo de la luna de tu ausencia
no eclipsará la estrella. Yo te quiero

porque quererte a ti fue lo primero
y asunto principal de mi existencia.
Desde que tú llegaste eres la esencia
que da sentido a todo lo que espero.

Eres la causa, culpa y el motivo
de mis desvelos, única diana
donde convergen todos mis empeños.

Eres el mar donde me baño y vivo,
centro de mi atención, puerta y ventana
por donde llega el mundo de mis sueños.


VI.
Pocas palabras fueron suficientes
para decirlo todo. Estoy seguro
de que te doy mi corazón maduro
como lo dan los niños inocentes.

Me he sumergido en cálidas corrientes
de amor licuado y sentimiento puro
y desmorono piedras de mi muro
para que vengas, pases y te sientes.

Te sientes a mi lado y compartamos
una ilusión, un sueño, un breve instante
de nuestras vidas, un pequeño trozo.

Yo te requiero al sitio donde vamos
a descender el filo de un diamante
y a coronar las cúspides del gozo.


VII.
Debajo de un naranjo yo quisiera
acariciarte el cutis y el cabello,
besar tus labios y ceñirte el cuello
con mis brazos de alegre primavera;

sufrir esta locura, esta manera
de amarte y desearte, ser destello;
satélite, candil cobrizo y bello,
rescoldo en las cenizas de tu hoguera.

Hacerme diminuto tan deprisa
que pudieras sembrarme como el oro
travestido en semilla de amapola.

A ver, si con la luna que me irisa
y el timbre de tu voz, dulce y sonoro,
me arrullo en el crisol de tu corola.


VIII.
Tengo miedo a gustarte y a quererte.
A que yo te haga daño o te ilusiones.
A jugar con el as de corazones
y sufrir porque tengo mala suerte.

Tengo miedo a que huyas, a perderte.
A que tú no comprendas mis razones.
Se silencien sin ti nuestras canciones
y me dejes a solas con la muerte.

Tengo miedo a perder mi fe, mi credo.
Siento angustia, temor, riesgo inminente
y una pena que nunca he conocido.

Tengo miedo del miedo, mucho miedo.
Y temo, porque temo amargamente,
que antes de aparecer ya te hayas ido.


IX.
Me abruma tu energía, me aniquilas.
Dispones de un caudal tan floreciente
que en tu boca hay saliva suficiente
para ahogarse en los mares que destilas.

Tu presencia es campiña, lirios, lilas.
Una llama incesante y un afluente
de tesoros ocultos, la corriente
donde bogan mis góndolas tranquilas.

Me zumban en el alma las colmenas
libadas de tu piel color de trigo,
aúllan por mi sangre, por mis venas.

Es tu imagen el sueño que persigo,
mis temblores, mi sed, mis azucenas
y la pobre limosna que mendigo.


X.
Guardo en el alma un beso delincuente
de amor furtivo, frágil, delicado.
Como un lago sereno, sosegado
y dulce como el agua de una fuente.

Reposa en un baúl mudo y silente
por años de silencio custodiado
como una joya ignota, reservado
para tu labio herido y penitente.

Tiene la sencillez de la inocencia
y la virtud de un credo religioso,
y ve la luz viniendo de lo oscuro.

Es fruto del afán y la paciencia
de un hortelano, dócil, generoso.
Ponlo en tu corazón, que está maduro.


XI.
Cuando miro al espacio por Oriente
imagino un lucero y a su hermano
nacidos una noche de verano
del caño azul marino de tu frente.

Por ellos entro en ti profundamente,
cogido por dos niñas de la mano,
a un lago de nenúfares, a un llano
donde cantan jilgueros tiernamente.

Son negros como el zumo de grosella,
preciosos, como gema de diamantes
preñada de colores y destellos;

dos soles exaltados y radiantes
que iluminan la cara de una estrella.
Son tus ojos, amor, tus ojos bellos.


XII.
Si tuviera la mano prodigiosa,
como un pintor, para atrapar el vuelo
de las aves que nadan por el cielo
dejaría mi pluma silenciosa.

Pintaría la imagen de una rosa,
su desdicha y amargo desconsuelo,
aterida en un témpano de hielo
tiritando como una mariposa.

Y en tu cuerpo desnudo trazaría
con los 7 colores principales
un grabado de amor al aguafuerte.

Receloso, después, te escondería
en el fondo del mar entre corales
donde sólo mis ojos puedan verte.


XIII.
No comprendo esta fuerza arrolladora
que me lleva hacia ti como un esclavo.
Aspirante a la cruz, eterno clavo,
crucifico mi carne pecadora.

Tu sexo es la retama embriagadora
y el nudo principal donde me trabo.
El mío en la dehesa un toro bravo
embistiendo la niebla cegadora.

No te encuentro. Te oculta la maleza
y las sombras anidan en tus senos
floreciendo deseos y pasiones.

Pero sé que entraré en tu fortaleza.
Conquistada, sin dardos ni venenos,
arriaré mi bandera en tus pezones.


XIV.
Eres la furia, el rayo en la tormenta.
Latigazo brutal que pare el trueno.
Alumbrada energía, desenfreno.
Explosión nuclear cruda y violenta.

Eres la luz del sol que me calienta.
La lluvia bondadosa en mi terreno.
El barro donde nace un hombre bueno.
Refugio que me abriga y alimenta.

Eres el zumo destilado, vino
de uvas gloriosas. Hostia santiguada
en el sagrado altar de mi conjuro.

Eres peligro, salvación, destino,
y siéndolo tú todo y siendo nada
aún no estoy a salvo ni seguro.


XV.
Si me quieres acude que te espera,
en el lecho floral de nuestra cama,
una vela encendida cuya llama
ha prendido tu pólvora hechicera.

Apresúrate y ven, arde la cera
como un ciervo celoso que reclama
en su prado la hembra a la que brama
y afligido adolece y desespera.

Si prefieres quemarte en una pira
o cubrirte de lluvia perfumada
no refrenes tus lúbricos instintos.

Te deseo impaciente. Corre, mira
como tengo en el vientre una cuajada
de amapolas, claveles y jacintos.


XVI.
Quiero que te despeñes en mi ombligo
con la lengua y, ahíta de saliva,
me provoques y enciendas, ascua viva,
sojuzgado en un tálamo contigo.

Quiero que me domines. Yo me obligo
derramando en tu boca miel lasciva
para colmarte de ansia primitiva
y jugo dulce de mi verde trigo.

Entrégate salvaje, sin aliento.
Acude entre mis piernas a estrellarte
y atruena mis oídos con tus quejas.
.
Que yo te llenaré con mi alimento
donde puedes comer hasta saciarte
del panal que cultivan mis abejas.


XVII.
Es cierto que mi afán se ha desbocado
pero tú eres culpable de esta prisa.
El misterio que oculta tu camisa
me tenía en mi fuero obsesionado.

Sin embargo, mi pulso, serenado,
ha cogido las riendas y ahora pisa
como un pájaro ciego la cornisa
para no despeñarse del tejado.

Ay, mujer, quiero abrirte con paciencia
y con hábiles manos las costuras
sin herirte el costado con mi flecha.

Laborarte tranquilo. Sin violencia
mi simiente dará frutas maduras
y juntos gozaremos su cosecha.


XVIII.
Estaba escrito. Tarde o más temprano,
sombríos cruzaríamos el muro
del silencio llegando al lado oscuro
donde el miedo es señor y soberano.

No fue el presagio visto en nuestra mano
por algún adivino del futuro.
Fue un estigma, el misterio virgen, puro,
que habita el corazón del ser humano.

Cayó la maldición sobre nosotros
como el designio atroz de nuestros muertos
perdidos en el mar del infinito.

Allegados aquí remamos rotos
como náufragos ciegos, tristes, yertos.
Estaba escrito, amor, estaba escrito.


XIX.
Si amarte tanto fue falta o delito
no lo sabrás hasta que un juez sincero
vea la causa del porqué te quiero
y dicte mi sentencia por escrito.

Como alegato propio solicito
la pena capital, pues, considero,
que eterno me veré por este fuero
juzgado y condenado al infinito.

Declaro ser culpable, sí, por eso
alego para mí la dura pena,
por reincidente en vano perseguido.

Y no reclamaré, pero confieso:
No temo más castigo ni condena
que la perpetua cárcel de tu olvido.


XX.
Soy un hombre intentando por la bruma
de la vida encontrar a su reverso,
una criatura más del universo
en pos del ideal que le consuma.

Tengo el alma ceñida por espuma
y el corazón suave, dúctil, terso
como la piel de un niño y es mi verso
ingrávido y sutil como una pluma.

No aspiro a lujos caros ni ambiciono
favor que no me tenga merecido
o no pueda pagar con mi dinero.

Allá donde me llaman me persono,
dejo vivir como dejadme pido:
ese es mi lema y otro no prefiero.


XXI.
Tienes un corazón duro y altivo,
una víscera hermosa pero bruna
como la cara oculta de la luna,
sin luces, caprichoso y primitivo.

Está muerto, aunque late como vivo,
por sus venas no fluye sangre alguna;
su mecanismo actúa de fortuna
y es tosco, inasequible y punitivo.

No siente ni padece, sólo existe
como el átomo arcano en la madera
o en la efigie de sal de una persona.

No estuvo enamorado, nunca triste.
No sabe del otoño y primavera
y si nota desprecio no perdona.


XXII.
A veces, me dicen: cariño y encanto,
tú tienes la gracia de las mariposas,
la sal de los mares, la miel de las cosas
que saben a gloria y nos gustan tanto.

A veces, me dicen: locura y espanto,
terrible riada de nubes furiosas;
marisma profunda de orillas cienosas,
oscura, insondable; la pena y el llanto.

Yo soy como soy, quien me quiera en su lecho
tendrá que venir con el gesto sincero
y un beso en los labios para conquistarme.

Igual que me sufro, me odio y me quiero,
tendrá que quererme, sufrirme y odiarme,
hundido en el fango conmigo en su pecho.


XXIII.
Camino con tu ausencia, me dijo al despedirse,
te llevo aunque no sepas que siempre vas conmigo.
Te siento tan adentro que quisieran fundirse
para siempre mi anhelo y tu recuerdo, amigo.

Es triste la partida del que no quiere irse
y el dolor que se siente, un tirano enemigo.
Para aquel que se va, alejarse es partirse;
para aquel que se queda, un injusto castigo.

Cuando dos se separan se derrama una esencia
y un lucero se enciende en el techo del cielo,
anunciándole a ambos: el recuerdo ha nacido.

Sólo aquellos que tienen suficiente paciencia
y cultivan la planta, la amistad y el anhelo,
saben que no hay adiós, abandono ni olvido.


XXIV.
Un rosal germinó en la primavera.
Bellas flores ornaban su figura
pero quiso el azar, la desventura,
que un capullo de luto floreciera.

Quiere otoño que verde vivo, muera,
y marchita al arbusto su hermosura,
aunque llega, de nuevo, la aventura
y, de rosas, la negra es la primera.

Pasan los años, todo sigue igual.
El jardinero intenta lo inaudito
pero la rosa oscura nadie quiere.

Yo soy la maldición de ese rosal.
He muerto varias veces. Resucito
porque engendro la flor que nunca muere.


XXV.
Como un tronco de viña se grabó en la memoria
el recuerdo del año que perdió su cosecha
me dejaste en el alma cincelada la fecha
del día que te fuiste y acabó nuestra historia.

Desde entonces soy vid rodeada de escoria,
una cepa torcida, demacrada y maltrecha,
y no sé de otra cosa que mirarme la brecha
porque sangra perenne sin consuelo ni gloria.

Me quedé como el tronco, con la misma desgracia,
sin sarmientos floridos y sin frutos selectos
por un acto infecundo de mi naturaleza.

Y si cuajan mis flores, agradezco la gracia
y convierto mi cáliz en refugio de insectos
porque ya sólo tengo racimos de tristeza.


XXVI.
A ti también te llegará ese día.
Escucharás un golpe de campana
dentro del corazón, la voz cercana
de la añoranza y la melancolía.

Oirás en tu interior la melodía
que embarga al alma triste y amilana
el ánimo, que te hunde en la desgana
agraz de la tristeza y agonía.

Entonces no serás tan orgullosa,
tan altanera, inaccesible y dura,
sino un quebrado corazón desierto.

Entenderás por qué siento una losa
cubrirme de penumbra y amargura
y tocan mis campanas siempre a muerto.


XXVII.
Hoy sólo tengo ganas de llorar
y de que fluyan mis cristales rojos
porque mi llanto es sangre a derramar
y brota del aljibe de mis ojos.

Estoy muy triste y no quiero pensar
sino en secanos yermos y rastrojos
donde no hay trigo alguno que espigar
si no es mi corazón y sus despojos.

Apenas tengo ganas de vivir
y de contarme lágrimas. No quiero
tronco, puntal, ni rama donde asirme;

sólo esta inmensa pena de sufrir
conmigo mismo. Hacedme un agujero,
ocultadme en la tierra y redimirme.


XXVIII.
¿Por qué me has dado, madre, la manía
de ser una mansión deshabitada,
esta doliente y huérfana mirada
tan deprimida y triste, tan sombría?

¿Por qué me has preferido noche umbría,
témpano errante en una mar helada,
antes que luna llena iluminada
o sol radiante de un hermoso día?

¿Por qué me has hecho así, naturaleza,
tan alejado del placer, del gozo
y tan cercano al llanto y al tormento?

¿Por qué me has arrojado a la tristeza
y me mantienes preso en este pozo
de angustia, soledad y sufrimiento?


XXIX.
Mi corazón, empresa en bancarrota,
amplía capital, no se lamenta.
Es un valor seguro porque renta
y su activo, aunque merme, no se agota.

Su gobierno se crece en la derrota,
resurgirá del lodo de esta afrenta.
Ten confianza en él y abre una cuenta
porque paga con sangre, gota a gota.

No hagas caso de oscuros agoreros
que pregonan su ruina y desamparo,
no son sino prejuicios y rumores.

Sus títulos en bolsa son primeros
y no existe negocio más preclaro
que invertir en fracasos y dolores.


XXX.
Azul muere la tarde. Sobre el mar ha caído
un manto añil de lirios y blancas mariposas
mecidas en los brazos del sueño, sigilosas
doncellas submarinas, esclavas de Cupido.

Azul es el sendero que lleva hacia el olvido.
Por el camino estrecho dos almas silenciosas,
dos corazones mustios de pitas y de rosas,
regresan al abrigo del espigón fornido.

Antiguos y calados de cánticos marinos,
ajenos al trasiego, bullicio de la gente,
rielan en el agua que acogerá sus huesos.

El Mar Mediterráneo arrulla entre los pinos.
Azul, fluye la savia que anegará, silente,
sus ojos, sus miradas, sus lágrimas, sus besos.


XXXI.
Ayer era el murmullo de un torrente
pletórico de sueños y alegría,
y plácido, sereno, me dormía
en la extensa laguna de tu vientre.

Era la orquídea esclava, reluciente,
y en tu pelo moreno florecía
cual si diamante fuese al claro día,
al firmamento estrella fluorescente.

Pero ahora me mustio malherido
en el cieno salobre de un pantano
y yago en la caverna del olvido.

Soy un juguete roto. Cuerpo vano
de un alma en pena, corazón partido
por el certero golpe de tu mano.


XXXII.
Se alquila un corazón deshabitado
con mirador de grandes cristaleras.
Diáfano, con muebles, sin goteras.
Zona residencial, y poco usado.

Tiene vistas a un huerto de palmeras.
Total intimidad. Dueño educado.
Sin prejuicios, curtido y aliñado,
propenso a ensoñaciones y quimeras.

Necesita cariño, mutuo aprecio.
No soporta vivir en desamparo
y prefiere silencios a ruido.

Porque no distinguió valor de precio
su inquilino anterior está en el paro.
Como no supo amar fue despedido.


XXXIII.
Yo soy poeta. ¿Existo porque siento
o siento porque existo? No me aclaro.
Sólo sé que me siento un hombre raro
y, si existo, en silencio me atormento.

Asumo mi ignorancia y os la cuento.
Cuando siento lo escribo agudo y claro
y si creo que existo pago caro
cada crédito de mi sentimiento.

Esta incógnita tanto me tortura
que me presto a la duda cada instante
encontrándome en una encrucijada.

No importa ser poeta o ser basura.
Si la cuestión resulta irrelevante
los poemas no sirven para nada.


XXXIV.
He visto por mis sueños muladares,
muchachas y muchachos harapientos,
sádicos hombres, crueles y sangrientos,
mujeres maltratadas por sus pares;

asesinos de niños, lupanares,
niñas violadas, sátrapas violentos
y jaurías de cánidos hambrientos
degollando manadas de lanares.

He visto al corazón y mi alma mal,
entre tanta barbarie y desengaño,
porque no distinguían al chacal

del hombre que tortura a su rebaño.
Y he comprendido al ser irracional
porque el lobo no sabe que hace daño.


XXXV.
Tristeza es soledad, un nombre inscrito
dentro del corazón con sangre y fuego.
Irremediable pérdida del ego,
vacío que se extiende al infinito.

Quien padece sus púas oye el grito,
y el eco, como cae al pozo ciego
donde no sirve súplica ni ruego
y el silencio es atroz como bendito.

En esa oscuridad el alma llora.
Sus lágrimas son armas, noble escudo,
defensa ante una vándala invasora.

Y cuando alguna vez afloja el nudo
sólo se escucha música insonora
de todo un auditorio sordomudo.


XXXVI.
Sé de un hombre sombrío, triste, amargo,
recluido en la oquedad de una caverna
donde no brilla sol, fuego o linterna,
porque, herido, vegeta en su letargo.

No sabe que es así ni se hace cargo.
Solo, vive una muerte sempiterna,
deprimido, sin ánimo. No alterna
y soporta un invierno duro y largo.

Ignora del hinojo la fragancia,
el cántico estival de ruiseñores,
la espina del amor y su importancia.

Desconoce el perfume de las flores
y, quizás, asumió tanta ignorancia
porque se cura aún de sus dolores.


XXXVII.
Dentro de mí late un mecano errático
con figuras de múltiples miradas,
un órgano de piezas ensambladas
por las manos de un niño maniático.

Puede ser un juguete problemático
cuando afronta dramáticas jornadas
y un músico tocando las baladas
al compás de un violín aristocrático.

A veces es febril, pulso frenético,
otras tantas bombea, melancólico,
dulce como la orina del diabético.

Nació con una incógnita, un dilema
y un defecto de origen metabólico.
Es esdrújulo, un fallo del sistema.


XXXVIII.
Pido perdón, clemencia nazarena,
si te ofendió mi trino de canario
cautivo en una jaula, solitario
como el pan olvidado en la alacena.

Pido disculpas, sé como enajena
al alegre el suspiro y el rosario
cuando, terco, solloza un campanario
por el triste sin trigo y sin avena.

Me arrepiento sincero. Mi osadía
fue, brusco e inoportuno, sorprenderte
mientras tú celebrabas la alegría.

No quise en tu jolgorio entristecerte
pero entiende, yo sufro cada día
una ausencia, un suplicio y una muerte.


XXXIX.
Estaba yo varado en la ribera
del mar tempestuoso de la duda,
preso del temporal, pidiendo ayuda,
clamando una opinión que me asistiera.

Entonces me llegó tu voz sincera,
tranquilizante, perspicaz y aguda;
palabra libre, sin ajuar, desnuda
como una luminosa primavera.

Y me sentí sin miedo y recompuesto,
el corazón plegado en calma chicha
y el alma sin temor, ya más segura.

Yo te agradezco, amiga, el bello gesto
y la humildad de la palabra dicha
abiertamente y sin tapujos, pura.


XL.
Tenemos que eclipsar al verso feo.
Inteligencia, coge la herramienta
y limpia la parcela descontenta
de poesía insulsa y sin aseo.

Juntos, conseguiremos mi deseo.
Hallaremos la sal y la pimienta
que sazona la carne y condimenta.
El poema será nuestro trofeo.

No te pierdas por vastas soledades
ni transites, oscura, el universo.
Laborea el jardín, el verde trino.

Tendremos que sufrir calamidades
pero daremos fin al sucio verso.
Alumbremos al hombre su camino.


XLI.
Vive el momento. Siente la alegría
como si fuera el último minuto,
tiempo tendrás para vestir de luto
las horas mustias de melancolía.

Planta en el huerto de tu fantasía
un árbol prohibido y coge el fruto.
Goza el instante breve y diminuto,
quién sabe si verás un nuevo día.

Y no mires atrás, cumple tus sueños.
Disfruta los placeres cada vez
y bebe de sus vasos sin medida.

No juzgues si son grandes o pequeños
porque la vida es corta, el ajedrez
donde la muerte gana la partida.

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