sábado, 23 de julio de 2011

La Cola del Paro

Esta mañana la cola del paro
dobla la calle
como una bicha de 500 ojos.
Parece una cadena
de eslabones folclóricos.
El primero es ghanés,
azabache de cabra,
con los ojos oscuros
y la sonrisa
de leche desnatada.
El segundo es un chino,
azafrán de paella,
con los ojos estrechos
y peligrosos
como un Despeñaperros,
y no sonríe
porque tiene tiricia
de farol en esquina.
El tercero es un ciego,
vendedor de cupones,
que ha perdido el empleo
porque, el pobre, ha tenido mala suerte.
Los ojos, si los tiene,
sólo se intuyen
porque veo en sus párpados,
semicerrados,
dos cursores eléctricos
sin concierto ni rumbo,
y le sobra sonrisa
porque no tiene dientes.
Los demás son patrones,
idénticos retratos,
de todas las miradas
que salen por los ojos
y todas las sonrisas
que afloran de los labios.

En la cola del paro
los hombres y mujeres,
ociosos, solitarios,
coleccionan plegarias
para los Reyes Magos.

martes, 19 de julio de 2011

Poesía está triste

Poesía está triste,
pero celebra su onomástica
en una gala de la UNESCO.
Para ese insigne
y universal evento
los hombres vestirán pingüino
de protocolo, serio,
y las mujeres
exclusivos modelos
de un modisto famoso
de Nueva York, París o Tokio;
las azafatas,
importados de China,
trajes de Zara.
Digno representante,
célebre, de las letras
dará un discurso.
La poesía...bla, bla, bla.
El auditorio, plas, plas, plas.

(En el ágape, glu, glu, glu)

Yo, también, estoy triste.
Desde mi púlpito
de poeta, en pijama,
grito a La Tierra:
En alguna sabana
remota de África
un niño llora
desnutrido y sin madre
o en el Sureste Asiático,
niñas, esclavas
de vampiros siniestros,
languidecen en chozas
ofrecidas por mafias
a tigres pederastas;
mientras, en algún otro sitio
de este planeta,
un malvado Mefisto
planifica una guerra
y proles de banqueros
acarician monedas
en una bacanal
de lucro, codicia y riqueza.

Ha muerto el niño
y las niñas enferman.
De las últimas víctimas,
que fueron, indefensas,
incómodas, palabras,
no se tiene noticias.
¿Y los poetas, que son nuestras armas?
Los poetas están enamorados,
como Narcisos,
mirándose en las aguas de los lagos
o espulgando pelusas de su ombligo.

lunes, 18 de julio de 2011

Odisea

Todos tenemos un refugio
dentro del corazón
con nuestro nombre inscrito,
blindado, y accesible
con clave de usuario y contraseña.

Cuando somos pequeños
-candidez infantil, desvalida inocencia-
albergamos a faunos, unicornios
y sueños, plenilunios
de mundos paralelos inventados
con lápices y tinta de ilusiones.

Pero pasan los años
y entramos en la carpa del circo de la vida
donde espera un guión y el personaje
al que entregamos carne y esqueleto,
la máscara y el alma.

De esta manera un día
somos como el payaso,
melancólico y triste,
al que el público aplaude su torpeza
o el trapecista audaz y temerario,
que con saltos mortales desafía
la gravedad y el miedo.

Pero pasan los años
y tras salvas de gloria y lágrimas de risa,
con el primer amigo que perdemos,
la primera mujer que nos olvida
o con el largo exilio del fracaso,
llega la muerte ahíta de nostalgia;
porque sin darnos cuenta nos hemos ido lejos
y un manto de penumbra nos cubre las pupilas.

Entonces, añoramos el silencio
donde dormitan faunos, unicornios
y tantos sueños vanos, incumplidos.
Y aunque hallarse es un viaje sin retorno,
una incierta y errática aventura
no exenta de peligros, Polifemos
y brujas en oscuros aquelarres,
desplegamos las velas y zarpamos.

Y como Ulises,
desoyendo los cantos de sirena,
ponemos rumbo a Ítaca.
Donde arribamos solos y de noche,
porque la luna oculta las heridas
y ampara los naufragios.

Pero todo es distinto,
indiferente. Desciframos
el código y la clave
y allí no asoma seña ni recuerdo.
Penélope se fue,
tras décadas en vela,
y teje en una tienda de sudarios.
Así que, desolados,
vemos con estupor como el hogar,
albergue de pronombre y apellidos,
parece el camarote de los hermanos Marx:
aloja a tanta gente y cacharros inútiles
que ya no tiene sitio
para nosotros mismos.